16º Juegos Olímpicos de Melbourne, en Australia – 1956 – Recepción y Villa Olímpica

En el texto anterior dije que no dimos mucha importancia a la recepción que nos fue dada a nuestra llegada a Melbourne. No era para menos, fueron 7 días de viaje hasta el destino final, estábamos muy cansados.

En aquel día y casi al mismo tiempo, otras delegaciones también llegaban y el aeropuerto estaba muy ocupado. Mucha gente dando la bienvenida a las delegaciones. Momentos festivos, allí el mundo se reunía.

Desde el aeropuerto fuimos llevados en autobús hasta la Villa Olímpica. Era mi primera participación y todo me parecía un sueño, no perdía un detalle, era la consagración de un atleta muy joven, contando sólo con 19 años.

Llegamos a la aldea y fuimos recibidos por el pueblo que hacía una especie de turno, saludando a todas las delegaciones. En fin, después de pasar por la identificación, fuimos llevados a nuestro alojamiento; casas del ejército.

La aldea olípica estaba compuesta de casas del ejercito australiano sirviendo de vivienda para las delegaciones. Las casas eran asentadas. Yo y el Amauri Pasos quedamos alojados en el piso superior. Al lado, el Eder Jofre y su padre.

Llegamos a la tarde, casi noche, y salimos a cenar en el restaurante destinado a nuestro tipo de alimentación. Así eran los juegos olímpicos, para cada continente siempre había un cierto tipo de alimentación estándar.

Terminado la cena, volvemos a las habitaciones y sin pensar mucho nos tirábamos en las camas, viniendo a despertar apenas al día siguiente para el reinicio de nuestros entrenamientos, después de todo necesitábamos recuperar el tiempo perdido.

Todo hasta allí corría perfectamente bien, todo era cronometrado, los horarios eran fielmente cumplidos y nosotros siempre estábamos listos para ser llevados a las canchas de entrenamientos. Puntualidad inglesa como herencia.

Al día siguiente por la mañana, miré por la ventana de la habitación y ví a un hombre corriendo. Lógicamente pensé ser un atleta practicando su deporte. El más extraño es que al regresar del entrenamiento el hombre seguía corriendo.

Esto se repetía todos los días, por la mañana y por la tarde. Curioso, pregunté quién era aquel hombre que corría todo el día y con cara de sufrimiento. Me dijeron que era un corredor checo, Emil Zatopek; nunca más lo olvidé.

En la olimpiada de Helsink en 1952, el Zatopek venció los 5.000, los 10.000 mil metros y el maratón. Fue el único atleta que logró ese logro hasta hoy. Se llamaba “locomotora humana”. En 1952 venció a San Silvestre.

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